CUENTOS DE VERANO

CUENTOS DE VERANO

Voces

por Adriana Basualdo

3 de marzo de 2021 08:03:00

A la izquierda, una mujer sentada frente a una ventana. Su codo derecho se apoya en el dintel, su mentón sobre la mano. Afuera se adivinan hojas, tal vez pertenecen a la copa de un árbol, inmóviles. Una claridad débil dibuja el perfil de la mujer, a contraluz. Su pelo está recogido en forma desprolija. Puede ser que esté amaneciendo.

A la derecha, una cama de hospital, blanca, metálica. La cabecera está un poco levantada y en la penumbra se adivina un hombre recostado, boca arriba, pero no se llega a ver si tiene los ojos abiertos o cerrados. La sábana lo cubre hasta el pecho, sus brazos descansan sobre ella, a los costados del cuerpo. Del lado derecho se ve un soporte alto con pequeñas ruedas, que sostiene una bolsa de suero.

Ambos están quietos. Todo está quieto, a media luz. Pasan los segundos, tal vez minutos, es difícil de precisar. Se oye una tos.

Ahora la luz parece haber aumentado en intensidad, pero lo ha hecho tan gradualmente que la transformación resultó imperceptible. Sin embargo, ya puede verse el rostro del hombre y son evidentes sus ojos, abiertos de par en par, la vista fija en el techo o en la nada. Él es el primero en hablar.

-Te quedaste toda la noche. Te dije que no hacía falta.

-Dijo la enfermera que era mejor.

Ella no se movió para contestar. Ahora de nuevo están callados, inmóviles. Al fin ella suspira, se pone de pie, gira la silla para quedar de frente a él, pero no se acerca. Se sienta nuevamente y lo observa. Él no la mira.

-Por qué. Por qué lo hiciste, Mauro.

Nos enteramos de que él se llama Mauro. Aún no sabemos el nombre de la mujer. Él no contesta, ella oculta el rostro entre sus manos.

-No llores, por favor -dice él-. Mejor andá con la nena. ¿Dónde está?

-¿Te preocupa? Sos un hipócrita.

Ella se seca las lágrimas con las manos, aunque su voz no sonó como si estuviera llorando. Se para y camina en círculos, siempre por el lado izquierdo, lejos de él. El hombre suspira, parece fatigado, o tal vez se siente muy débil.

-Quiero saber por qué. Por qué nos hiciste esto -le reprocha ella. Ahora está parada a los pies de la cama, lo mira.

Él se toma un tiempo para contestar.

-Yo no les hice nada a ustedes, me lo hice a mí mismo. Y ni siquiera lo hice, como verás. Lo intenté, pero fallé. No es novedad. Que falle, quiero decir.

Ella se le acerca por el costado de la cama, por la izquierda. Intenta tomarle la mano, pero él se voltea de costado hacia la derecha, dándole la espalda. Ella parece decepcionada, vuelve a alejarse.

-No te dejás ayudar. No nos querés. Ni a mí, ni a la nena, ni a nadie.

-No tiene nada que ver con eso.

-¿Entonces? ¿Con qué tiene que ver?

-Conmigo.

Ella se acerca nuevamente hasta el pie de la cama. Se agarra del caño blanco con ambas manos, como si lo mirara desde un balcón.

-Pero, Mauro, qué cosa tan grave te pasa en la vida como para que hayas intentado... esto. No entiendo. Quiero entenderte, pero no lo logro. Estoy frustrada, estoy...

-Lo grave es lo que no me pasa. Lo que mi vida no es.

Ella se aleja de nuevo hacia la izquierda. Se nota que está abatida por esa respuesta. Da la sensación de que está por irse. Si se va y él no la llama, no se sabrá su nombre. Pero no se va. Se vuelve hacia él e insiste.

-Me gustaría saber cómo tendrían que ser las cosas para que seas feliz.

-No sé cómo tendrían que ser. Pero así no. Me siento hueco, muerto. No le encuentro a nada el sentido. No preguntes.

-Para cualquiera sería suficiente. ¿Y nosotras?

Él no contesta, silencio. Ella regresa a su posición inicial, en la silla, de perfil frente a la ventana. Él vuelve a ubicarse boca arriba, los brazos estirados a los costados del cuerpo, la mirada posada sobre nada. Todo vuelve al punto de partida. Todo permanece de nuevo quieto y callado.

De pronto un espectador de las primeras filas se levanta. Dirigiéndose al hombre, lo amonesta.

-Usted no tiene derecho a suicidarse, siendo responsable de una familia. Es un hombre joven, tiene que pelear.

En la sala se oye un murmullo apagado. La mujer de la ventana parece no haber oído, pero el hombre llamado Mauro gira la cabeza y, con la mano derecha a modo de visera, trata de ubicar al que habló.

-¿Cómo dice? ¿Quién habla?

Entonces la mujer de la ventana sí se vuelve hacia nosotros y mira, secándose las lágrimas. El espectador continúa.

-Eso no importa. Sólo soy alguien del público presente que prefiere no callarse lo que opina. Usted no tiene derecho. Y si tiene algún problema, dígalo.

Mauro se incorpora y se pone de pie con dificultad. Descalzo, avanza hacia el borde del escenario, arrastrando el soporte del suero con la mano izquierda. Le cuesta caminar, lo hace despacio y encorvado hacia adelante. La mujer de la ventana lo observa, como a la expectativa. Él responde, habla hacia la sala, pero no sabe con exactitud de dónde salió la voz.

-Y usted no tiene derecho a meterse en mis asuntos. Mi vida es mi vida. Es quizá lo único realmente propio que tengo, sobre lo que puedo decidir. Y si se lo digo cuál es mi problema, ¿usted haría algo?

El espectador es tomado del brazo por la mujer de la butaca contigua. Ella tironea para que se siente.

-Sentate, amor, no vale la pena discutir con gente así. Ese hombre es un egoísta.

Cuando el hombre finalmente se sienta, otro espectador, en el fondo, se pone de pie.

-Las personas tienen derecho a decidir cuándo dejar de vivir. Nadie está dentro de Mauro, nadie sabe qué es ser él. Si siente que quiere abandonar el barco, por mí está bien. Yo respeto la libertad de los demás y no los juzgo.

Parece que Mauro quiere responder, pero una chica ubicada en el medio de la sala, justo al lado del pasillo central, se le adelanta.

-Lo que pasa es que, a usted, Mauro le importa un carajo. No opinaría lo mismo si se tratara de su hermano, de su hijo o de su esposa.

Al parecer, quien más, quien menos, todos tienen algo que opinar. Todos quieren decir algo, aunque sea a la persona que tienen al lado, y se desata un confuso griterío. La voz de Mauro se impone sobre el alboroto general.

-¡A ver si se callan de una vez! Estoy cansado, no me interesa lo que digan.

La bulla se va apagando. El actor intenta retornar a la cama, pero otra voz lo detiene, una mujer mayor que está en la tercera fila, a la derecha.

-Mauro, querido, no lo hagas. Vos sabés que está mal.

Él queda como paralizado por un segundo y se vuelve. Busca en la oscuridad, sin saber hacia dónde mirar.

-¿Mamá? ¿Sos vos, mamá?

El auditorio murmura. Mauro no alcanza a ver. Reclama.

-¿Podrían apagar las luces de acá arriba y encender las de la sala, por favor? Es fácil opinar así, ¿no? Me gustaría al menos verles las caras.

Al encenderse las luces, la mujer de la ventana queda oculta en la penumbra del fondo del escenario. La señora de la tercera fila se pone de pie. Vemos ahora que tiene el abrigo puesto y una cartera de charol colgada del codo.

-Sí, soy yo, hijo. Estar muerto está sobrevalorado, sabelo, en realidad no cambia nada. Haceme caso, te lo digo por tu bien.

Mauro parece haber quedado suspendido en medio de un movimiento. La ve, pero no atina a decir nada. De pronto la voz de la mujer de la ventana aparece desde la penumbra.

-Mauro, tu madre está muerta. ¿Con quién hablás?

-Es ella, sí. Me dice que no lo haga, que es malo.

-Hacele caso, entonces. A las madres se les debe hacer caso.

Él se pone de rodillas, cierra los ojos y se tapa los oídos con las manos. Su actitud parece infantil.

-Me dice siempre las mismas cosas, todo el tiempo... Quisiera que me dejara en paz de una vez.

La madre de Mauro camina ahora por el pasillo central hacia el fondo de la sala, la cara oculta tras un pañuelo. Se la oye salir sollozando.

La actriz se acerca a él y lo ayuda a ponerse de pie.

-Ya está, ya pasó. Tranquilo -le dice ella.

Todos están esperando alguna palabra, algún gesto de Mauro. En vez de eso, un hombre alto, de traje azul, ingresa al escenario desde la izquierda.

-Bueno, damas y caballeros, aquí terminamos. Dejemos a Mauro en paz. Como verán, no está en condiciones de continuar. Sabrán comprender. Muchas gracias.

La gente se levanta de sus butacas, vocifera. Quieren saber cómo termina la obra. Unos opinan que seguramente lo va a volver a intentar, otros que sin dudas lo superará. Alguien le grita al actor preguntándole a viva voz qué es lo que hará, otros lo siguen.

-¡Mauro, decinos al final qué vas a hacer!

-¡Sí, no importa pero queremos saber!

-¡Explicanos por qué te querés matar, no seas así!

-¡Eso, Mauro, no se entendió!

El hombre alto, desde el escenario, hace señas pidiendo que se serenen. Vuelve a dirigirse al público.

-La obra de todas formas tiene un final abierto. Cada uno puede conjeturar lo que quiera. No se llega a saber si él se mata o no. El autor no lo consideró relevante. Parece que el tema pasa por otro lado.

Se reanuda el griterío. La actriz se acerca al hombre alto, discuten, pero hay mucho ruido y no se oye lo que dicen. El telón comienza a cerrarse. El hombre alto y la actriz salen por la izquierda, discutiendo. El público, al ver que no hay nada que hacer, comienza a abandonar la sala con evidente disgusto.

El telón se ha cerrado casi por completo, pero se alcanza a vislumbrar aún a Mauro, que se ha sentado sobre la cama. Parece que llora, tal vez esté llorando todavía, pero ya no es posible ver nada más.

A medida que salimos del teatro vamos sintiendo el frío de la noche, el olor a comida que sale de los bares, el tránsito. Algunos encienden un cigarrillo, la mayoría revisamos nuestros celulares.

La Hamaca Doble - Audiolibro por Adriana Basualdo

¿Qué es lo que tanto nos atrae de los cuentos? ¿Será que en un relato en apariencia ordinario podemos descubrir algo que nos resulta inesperadamente significativo? ¿O será lo opuesto, es decir, que una historia extraña, extraordinaria, nos emociona como algo vivido?

La Hamaca Doble es una serie de cuentos escritos por Adriana Basualdo (@adrianabbasualdo), integrados aquí como audiolibro. La dirección de narración estuvo a cargo de Julia Esquibel (@julitaesquibel) y la producción de sonido fue realizada por Guido Heinzenknecht (@laggiemusic), con aportes musicales de Juan Mastrangelo. Las voces pertenecen a doce narradores diferentes, uno por cada cuento, además de Pablo Sanzano en la introducción y títulos.

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