CUENTOS DE VERANO

CUENTOS DE VERANO

Las nietas del contrabandista

14 de enero de 2021 12:01:00

Por María Valeria Aramburu
Profesora de Lengua y Literatura
Hablante bilingüe de español y euskera
Especialista en Estudios Vascos, Ciencias Sociales, Humanas y Naturales (Universidad del País Vasco)


La vida de los abuelos siempre nos despertó curiosidad, fieles al estilo euskalduna , nos contaron lo justo y necesario. La misma curiosidad y el profundo afecto nos llevaron a intentar desandar algún trayecto de su silencioso camino.

En el 2018 llegamos con mi hija Begotxu a Euskal Herria . Planeábamos recorrer esos bonitos pueblos por los que habían transitado setenta años antes, mi padre y todos sus ancestros.

Gracias a la tecnología, un día apareció en mi facebook una tal Bego, prima segunda, por parte de mi amama, solíamos intercambiar mensajes a través de los cuales, todas esas personas de apellido Iparraguirre y Lasa, iban armando la rama del árbol hasta entonces deshabitada.

Llegamos a un hotel bonito cerca de la Zurriola . Nos preparábamos para descansar cuando sonó una llamada de Whatsapp. Una voz entusiasta nos decía que era Kontxi, que Bego (aquella prima del Facebook), había avisado de nuestra estadía y que querían conocernos.

Kontxi era sobrina de mi abuela y su ahijada. Nos contó que al nacer, Encarna (mi amama) le regaló unos preciosos pendientes, la mimó y se marchó. No volvieron a verla los días siguientes, y nunca más se encontrarían, porque un mes después, recibieron una carta suya, escrita desde un barco. Les confesaba que había partido hacia Argentina.

Nos esperaron con unas jugosas chuletas, luego cruzamos a un bar a tomar café y más tarde, aparecieron las historias, en aquel inolvidable entretejido de relatos color sepia. Además de las historias aparecieron personas, que eran familia y llevaban esos nombres bonitos que tienen en el país vasco. Por esas cuestiones un tanto increíbles, parecíamos conocernos de toda la vida: Amaia, Karmen, Idoia, Maialen, Ángel, Urko, Ainhoa, Pili, Ekhi, Kuban y varios más.

El tío Julián, un viejito sereno y amoroso, nos contó que en aquel entonces, era el único que sabía el secreto de la partida, y que fue él quien los acompañó a tomar el tren hacia el puerto, cargando bolsos y dos niños (mi padre y mi tío). Cariñosamente pudo transmitirnos aquellos momentos de tristeza propios de una despedida de la que no sabían si habría retorno. También era sobrino de Encarna y compartía con ella y con su marido Miguel -mi abuelo- las angustias propias del tiempo de posguerra, disparos de milicianos a cualquier hora y sobre-vuelos de aviones, tan bajos que casi podían palparse.

Nos contó que en sus años mozos, junto a mi abuelo, iban en bicicleta por las montañas de Zegama , hasta unos puentes naturales adonde llegaban hombres desde algunos puntos del sur. Eran trechos muy peligrosos, de alta montaña, con senderos sinuosos y resbaladizos. Ellos mismos abrían huella entre la nieve, tapándola para no dejar rastros. Escondían sus bicicletas y continuaban a pie cuando los helechos se hacían más tupidos. Conseguían víveres -pan negro, aceite, azúcar, café, tabaco, quizá algún pan de jabón- y con las bicicletas cargadas salían luego a venderlos por la zona. Elegían la noche o la madrugada, no sólo por la oscuridad sino también por el silencio. Aunque la niebla los cegaba, los guiaban los aromas del monte -cipreses, abetos, algunas encinas-. Los sonidos de las aves, le ponían melodías armoniosas al amanecer. Contaba acerca del intenso frío que empapaba sus pies cuando al andar rompían los cristales de hielo que la helada convertía en escarcha bajo la nieve. El alba los encontraba embarrados y con sus ropas mojadas por los brazos de los pinos.

Montes cubiertos de cortaderas, de rocas irregulares y escabrosas, de líquenes, musgos y muchas especies de flores silvestres que hacían a veces de camuflaje para buscar escondite. El peligro acechaba, soldados nacionales y perros, al igual que ellos, andaban por las montañas entre fresnos, arces, hayas y alerces. Se convertían en topos, olfateaban raíces y esquivaban zarzamora. Aquellos montes, en los que solían perderse incluso de día, cambiaban el aroma según las alturas.

Me pregunto si acaso la diosa Mari saldría de su cueva cada noche de luna para ver pasar a mi abuelo, tan apuesto y decidido, y darle así, celos al Basajaun .

Si todo iba bien, bajaban por los pueblos convirtiendo en pesetas sus productos y comenzaban el regreso a casa. Sorteaban zonas de robles, castaños y avellanos, tomando los frutos caídos que se encontraban al pasar. También llevaban ramilletes de lilos y si podían, algunos dulces para alegrar a los niños y a las señoras. Como ellos, algunos bandoleros franceses también volvían sonriendo, esquivando ramas y evitando pisar setas, que juntaban para mejorar las comidas del este pirenaico. A pesar de la adversidad, solían hacer nuevos amigos, con ellos cantaban zortzicos e intercambiaban historias.

Igual que aquel viejo carbonero que bajaba de la montaña con regalos en Noche Vieja, estos muchachos, llegaban a casa cargados de sustento.

Me pregunto si el abuelo pasaba sólo víveres, licores y tela, o si quizá contrabandeaba también ilusión, escondida debajo de la txamarra mojada, para desparramar en la mesa de la humilde familia en el caserío.

Lo bueno, nos contó Julián -como quien quiere justificarse- era que, con el dinero que ganaban, podían sostener a toda la familia. Creo que nadie se hubiera atrevido a juzgarlos, porque entendemos -recordando a Ortega y Gasset- que uno, es uno y sus circunstancias.

Seguro que de aquellos negocios, surgieron también los aritos que mi abuela le regaló a Kontxi, se han perdido, pero no se perdió el valor del gesto.

Después de nuestro viaje, así como antes el Basajaun daba un grito para advertir a los pastores la llegada de una tormenta, hoy escuchamos los sonidos de Whatsapp que anuncian novedades a todos los miembros de la familia -aquí y allí- en un grupo llamado "las nietas del contrabandista".


Euskalduna: vasco, que habla euskera
Euskal Herria: Pueblo Vasco, siete provincias situadas la NE de España y al S de Francia
Amama: del euskera, abuela
Zurriola: playa, balneario de la costa de San Sebastián
Zegama: pueblo pirenaico del Goierri Gipuzkuano
Diosa Mari: importante personaje mitológico femenino (pre-cristiano), asociada a la fuerza de la tieera. Protectora de la naturaleza y de su equilibrio, anuncia tormentas, y protege de sus inclemencias. Además boga por la justicia entre los hombres.
Basajaun: Importante personaje mitológico masculino, "señor del bosque", protector de pastores y de sus rebaños.
Zortzikos: ritmo musical de ocho compases que acompañan melodías en el canto
Viejo carbonero (Olentzero): personaje mitológico equivalente a Papá Noel, que deja regalos a los niños en noche buena.
Txamarra: chaqueta, saco rústico de lana

Este cuento fue premiado en el certamen literario de Iparraldeko Euskal Etxea de Buenos Aires (Centro Vasco-Francés)

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